LA HISTORIA DE UNA DOMINICANA SECUESTRADA EN CHILE

Una mujer dominicana de 35 años fue calificada esta semana por la prensa de Chile como “la esclava sexual”, tras denunciar haber estado secuestrada por ocho meses por un matrimonio que la obligaba a prostituirse. Conozca esta dramática historia digna de una telenovela en exclusiva de Panoramadiario.com.
“A ese hombre de canal 13, a Sergio Lagos (animador chileno), no lo puedo ver. No puedo ver nunca ese canal. Córtele un poco el pelo y es igual al hombre que me trajo engañada. Me recuerdo de todo cuando aparece en televisión. Me da mucha rabia, pena. No lo puedo ver, no lo puedo ver”, no puede seguir hablando porque el llanto atrapa a B.L.C., una mujer dominicana de 35 años, quien esta semana ha sido calificada por la prensa como la esclava sexual, tras denunciar haber estado secuestrada por un matrimonio que la obligaba a prostituirse.
B.L.C. prefiere no revelar su nombre. Tiene temor de volver a ser dañada.
¿Cómo llegó a Chile?
B.L.C., hasta los 28 años era una de las tantas peluqueras que existen en República Dominicana. Había estudiado para ser estilista en el “Circulo Profesional Cristiano”. Vivía en el nororiente del país, en la provincia de Salcedo. Allí conoció una colega que había dejado la isla y que estaba visitando a su familia. Ella estaba casada con un chileno y vivían en el país sudamericano. “Me dijo que aquí iba a ganar plata, juntar harto dinero, que ella tenía un salón de belleza en Chile…”, no puede terminar la frase y se quiebra al hablar de su familia y de lo que le pasó.
Han pasado ocho años que desde que un domingo 20 de febrero de 2000 esta mujer llegó a Chile, supuestamente a ejercer su oficio de estilista. B.L.C. nunca se había subido a un avión, y el viaje más largo que había hecho en su vida era a Santo Domingo. Se despidió de su hijo en ese entonces de siete años, ahora, un adolescente de 15, que sólo ha visto en fotos por Internet. También lo hizo de su numerosa familia. Es la menor de siete hermanos.
“Mi mamá me preguntó donde está Chile y la verdad es que yo no sabía. Me dijo: "ten cuidado, ten mucho cuidado", "esas palabras de mi madre nunca las voy a olvidar”.
B.L.C. es morena, como dicen aquí (Chile), pero a ella no le molesta que le digan negra. Es alta y atractiva, pero prácticamente irreconocible en relación a una pequeña foto que conserva de la época que ingresó a Chile por primera vez. “Nunca más voy a ser la misma”, reflexiona.
Esta mujer muy pocas veces se ríe y en algunos momentos parece más una niña que una adulta experimentada, pero lo que más impresiona en los repetidos encuentros con B.L.C. es que siempre llora, siempre sus lentes se salpican de lágrimas, en un llanto ahogado, silencioso.
Su periplo desde Santo Domingo hasta Chile lo hizo sola. “Ellos me pagaron el pasaje de avión y yo sólo tuve que retirar los boletos en el aeropuerto. Estaba tranquila, hasta traía un poco de plata que había ahorrado para el primer tiempo acá. Me explicaron que cuando me preguntaran a qué venía dijera que ellos me habían invitado”. En el aeropuerto la esperaba el matrimonio, Rosa, dominicana, y David, su marido chileno. Llegó en la madrugada al aeropuerto, así es que poco y nada pudo ver de su nuevo destino. “Al otro día yo les preguntaba por el salón de belleza, pero no me lo mostraban…Después este hombre me amenazó con una pistola, me dijo que me mataba si no hacía lo que él quería… Y me quitaron los documentos”. Nuevamente la historia queda trunca por un largo rato porque comienza a llorar.
Los meses de esclava
B.L.C. cuenta que desde que llegó permaneció en un departamento, en la calle Rebeca Matte, en Santiago Centro. Allí vivían los tres, pero sólo ellos tenían contacto con otras personas. Pero el encierro terminaba cuando ellos la sacaban para ejercer el comercio sexual y atender clientes previamente concertados por la pareja. La otra dominicana también se prostituía, según su relato: “Ella me dijo cómo tenía que actuar…con los hombres. Ella también trabajaba en eso. Para mi era muy raro, cómo un marido va a dejar a su mujer hacer esas cosas, es extraño ¿verdad? Me llevaban a todas partes, pero de noche, eran casas y departamentos bonitos”. B.L.C. nuevamente está con lágrimas que bañan su cara e indica el pecho en señal de dolor. Después se acuerda que alguien le dijo que esa puntada podía ser angustia.
Durante ocho meses había sido obligada a prostituirse. Dice haber pasado hambre, haber vivido bajo el miedo permanente y la desesperación.
Desde una de las ventanas del departamento interior que habitaba, la única vista al exterior era el patio de estacionamiento de la Tercera Compañía de Bomberos de Santiago Centro. En agosto de 2000, un domingo por la tarde, la pareja que la había tenido secuestrada salió y como siempre la dejaron encerrada con llaves, según cuenta la joven dominicana. Durante su ausencia, B.L.C. lloraba junto a una ventana. En el patio del cuartel, un bombero le comenzó a hacer señas, quizá notando que algo sucedía. La mujer escribió el número de teléfono del departamento en una servilleta de papel y con ella envolvió una papa. La lanzó con fuerza para que llegara a su destino. Varios metros de distancia separan el departamento de la bomba. El le devolvió el llamado y ella, después de todos esos meses, le contó su historia. “No me acuerdo como se llamaba, nada de él, es que cuando uno está tan desesperado no repara en eso, sólo me desahogué por fin”.
Al día siguiente, la Policía de Investigaciones (PDI) llegó al departamento y detuvo al matrimonio y a B.L.C. Ella les contó lo sucedido. “Me pasaron un papel para que lo firme, pero yo no alcancé a leerlo porque leo lento, me demoro. Después me llevaron a una cárcel de mujeres, parece, porque yo estaba sola. Tenía hartos árboles de hilera. Estuve cuatro días, ahí me entregaron un papel y me dejaron libre”.
La PDI hasta el momento no ha querido dar una declaración oficial respecto a este caso, ni sobre los antecedentes de esa época de B.L.C. ni del matrimonio, quienes habían quedado también en libertad. “Cuando salí no tenía donde ir. Caminé mucho, pasé la noche en la calle y al otro día seguí caminando hasta llegar al centro. Nadie sabe las cosas que pasé, el frío, el hambre y todo lo anterior. Me paré en un momento en una tienda de celulares a mirar no sé por qué, yo sólo lloraba (Y a B.L.C. se le caen las lágrimas, quizá igual que ese día). Entonces salió un peruano que era dueño del local y me preguntó qué me pasaba. Yo le conté y el me ayudó. Me llevó a su casa con su esposa y después me buscaron un lugar donde una señora chilena. Ahí estuve tres años. Hacía las cosas de la casa y la señora era muy buena conmigo”.
Ayuda en la calle
B.L.C. dice que se alegra cada vez que ve a un moreno por la calle y muchas veces los saluda y les pregunta su origen. De esta manera conoció a una dominicana de la que se hizo amiga. Ella fue la que la contactó con la familia de dominicanos con la que vive hace ya tres años. “Ella me dijo que era mejor para mi estar con mis compatriotas, con gente de mi país, que me iba a sentir más cómoda. Ellos tienen cuatro hijos maravillosos, que me quieren mucho y que me están apoyando tanto en todo esto”.
Ellas los ayuda en las cosas de la casa y peina a las mujeres del barrio, las que ya están acostumbradas a que B.L.C. les llene la cabeza de trenzas. Dice que no cobra y que sólo les pide una colaboración.
El viaje a Argentina
Fue estando con esta familia que ellos le aconsejaron regularizar su situación y volver a conseguir su visa. En 2006, hizo los trámites, pagó cerca de 2,300 pesos dominicanos, según cuenta. Le dieron nuevamente su pasaporte y en extranjería le habían aconsejado “hacer frontera”, que implica salir por el día del país para renovar su estadía como turista. Y así lo hizo, tomó un bus a Argentina. Llegó a Mendoza, se fue a almorzar contenta a un restaurante y luego tomó el bus de regreso. Pero ahí todo se malogró nuevamente y no la dejaron entrar. El rebote la llevó otra vez a la ciudad trasandina, donde una vez más esta mujer cuenta momentos de desesperación y llanto, sentada en una plaza.
“Un matrimonio súper bueno me vio y me preguntó qué pasaba. Prometieron ayudarme y con ellos volví a pasar la frontera, pero de ilegal. Vine en el asiento de atrás tapada de cosas y no me vieron”.
Regresó a la casa de su familia, una vez más, llena de miedo. Pero ellos fueron los que la alentaron para resolver su problema de ilegalidad. El 3 de octubre de 2008 decidió acercarse al “Comité de Refugiados Peruanos en Chile”. “Ellas nos narró los hechos y durante este tiempo le pedimos que nos trajera los papeles, verificamos su situación y vimos si la podíamos ayudar. Esta semana lo que hemos hecho es ir al consulado de su país para solicitar que nos den el papel de antecedentes policiales de ella en República Dominicana, aunque sabemos que no tiene. Fuimos al OS9 y presentamos una denuncia de su caso. Ella tiene en este momento una orden de expulsión del país, pero esperamos tener una respuesta positiva para que le den una visa y pueda trabajar. Ella no quiere irse de Chile”.
El Departamento de Comunicaciones de Carabineros ratifica que la ciudadana dominicana hizo una denuncia ante en OS9, el día jueves de la semana pasada y que fue enviada a la Fiscalía Centro Norte. Mientras, el Servicio Nacional de la Mujer (Sernam) derivó a B.L.C. a un consultorio del Ministerio de Salud para recibir atención psicológica y en la Intendencia Metropolitana, pese a que no es su competencia el caso, le han orientado en materia migratoria, a presentar una nueva solicitud de reconsideración al Departamento de Extranjería y Migración del Ministerio del Interior.
Lo que le ocurrió a B.L.C. es un clásico caso de trata de blancas, al que hoy se les denomina como trata de personas. Ahora el término incluye a mujeres, niños y hombres. En Chile, no es un delito, pues no está tipificado como tal, por lo tanto los casos son muy difíciles de detectar.
Las únicas cifras que se manejan y que son parte de una campaña del Sernam, corresponden a 2006, donde se indica que cerca de 70 personas cruzaron la frontera de Chile con el supuesto fin de ser explotados laboral y/o sexualmente. La mayoría eran mujeres.
La historia de vida de B.L.C. está llena de recovecos vacíos hasta el momento, pero es una historia que trae a discusión fronteras vulnerables, leyes inexistentes, comercio de personas y muchos posibles horrores que están en el secreto.
Mientras tanto, B.L.C. deberá probar su historia ante la justicia y luchar por su voluntad de vivir en Chile, pese a todo.
“A pesar de todo lo que he sufrido, me gusta Chile”
¿Por qué dices que no quieres volver a RD?
- Porque yo quiero aclarar las cosas, lo que me pasó. Yo no hice nada malo, y a mi me gusta Chile.
¿Por qué te gusta?
- Me gusta todo, la comida, la gente. A pesar de todo lo que he sufrido, me gusta Chile.
¿Qué prefieres para comer?
- Me encantan los porotos granados, esos a los que se les pone maíz.
¿Y en qué lugar de Santiago te sientes cómoda?
- Me gustan las palomas de la Plaza de Armas, soy muy mansas. Yo las alimento y las vieras como se acurrucan en mis pies.
Un negocio multimillonario
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) estima que cada año cuatro millones de personas son victimas de “trata” en el mundo, en su gran mayoría mujeres y niños.
Y según la Organización Mundial del Trabajo (OIT), este es uno de los tres negocios más rentables de la delincuencia organizada, alcanzando un beneficio para quienes la ejercen de hasta 32 mil millones de dólares al año
Tomado de Panoramadiario.com

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