miércoles, 6 de abril de 2011

Prosperar de adentro hacia afuera


Por Kenneth Copeland
No pongas tus esperanzas en las situaciones externas, porque Dios no trabaja de afuera hacia dentro, sino de adentro hacia afuera.
«Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma» 3 Juan 2. Esa Escritura no dice, «yo oro para que tú seas prosperado conforme prospera la economía o conforme tu jefe decida ascenderte de puesto»; sino que dice «oro para que seas prosperado, así como prospera tu alma». Es ahí donde la mayoría de los creyentes se equivocan en cuanto a la prosperidad económica. Se concentran en las situaciones externas, pensando que es ahí donde están sus esperanzas. Pero Dios no trabaja de afuera hacia dentro, sino de adentro hacia afuera.

Él lo bendecirá a usted materialmente conforme su alma prospere en su Palabra. Luego, cuando las semillas de la prosperidad hayan sido sembradas en su mente, en su voluntad y en su corazón, y cuando usted deje que esas semillas broten, entonces producirán una gran cosecha material no importa cuán malas estén las condiciones alrededor de usted.

Lea la historia de José en Génesis, desde el capítulo 37 hasta el capítulo 41, y podrá ver exactamente de lo que estoy hablando. Cuando José fue vendido como esclavo a los egipcios, no tenía ni un centavo y ni siquiera tenía libertad. Sin embargo, justo en medio de su cautiverio, Dios le dio a José tal sabiduría y capacidad que éste pudo hacer que su amo, Potifar, se hiciera rico. Como resultado de esa acción, Potifar puso a José a cargo de todas sus posesiones. Luego, la esposa de Potifar se enojó con José y él terminó en prisión.

Vaya futuro para José en la cárcel. No hay mucha oportunidad para progresar en la prisión, ¿cierto? Pero Dios le dio a José entendimiento como nunca otro hombre lo tuvo en Egipto. Dios le dio tanta sabiduría que José llegó a ser parte del personal de Faraón: no como esclavo sino como el hombre más honrado en todo el país, después de Faraón. José pasó de la cárcel a ser primer ministro; viajaba en carruaje y la gente, literalmente, se inclinaba ante él. Durante el tiempo de hambruna que hubo en todo el mundo, José estuvo a cargo de todos los alimentos. ¡Eso sí es prosperidad!
¿Cómo Dios llevó a cabo eso? Lo hizo prosperando el alma de José. No importa cuán miserable llegó a ser la situación de José, no importa cuán difícil era de resolver sus problemas, Dios pudo revelar los secretos espirituales que le abrirían a José la puerta al éxito. Eso es lo que hace que el método de Dios para prosperar sea tan emocionante; en cualquier parte da resultado. Da resultado tanto en los países más pobres sobre la faz de la Tierra como da resultado en los Estados Unidos; lo he visto con mis propios ojos.

Por ejemplo, hace unos años recibimos directamente de un pueblo africano llamado Rungai un asombroso informe; nunca voy a olvidarlo. Hubo tal sequía en la campiña alrededor de Rungai que el pueblo estaba en una condición terrible. El embalse que antes suplía de agua a la población estuvo vacío por tanto tiempo que el dique se agrietó y estaba por derrumbarse. Parecía que ahí no había ninguna esperanza. Entonces, uno de los pastores locales se aferró a la palabra de Dios en cuanto a la prosperidad, y comenzó a orar y a buscar el consejo de Dios.

No tuvo que esperar mucho. Dios le indicó que reuniera a los creyentes del pueblo y reconstruyeran el dique. Estoy seguro de que lo que estaban haciendo parecía algo ridículo. No había llovido por meses y no había ninguna nube en el cielo. Pero Dios les había dado el secreto para tener éxito, y en obediencia y por fe lo llevaron a la práctica.

No mucho tiempo después de que el trabajo se completara, una nube de lluvia se formó sobre el pequeño embalse y lo llenó de agua. Pero ese no es el fin del relato. Resulta que la tierra de Rungai estaba tan reseca y tan llena de álcali y de sustancias tóxicas que era casi imposible sembrar algo ahí. Sin embargo, después de esa lluvia, el pastor reunió a toda la gente y le dijo que comenzará a sembrar alrededor del pozo. Él sabía que Dios iba a prosperar esos sembrados. También sabía que las cosechas de los creyentes iban a ser mayormente bendecidas. Entonces cuando él dividió la tierra, intercaló las parcelas de los creyentes entre las de los incrédulos para que el milagro de Dios se pudiera ver claramente.

Durante la primera temporada, los sembrados de todos —creyentes y no creyentes— produjeron por igual. Luego, el tiempo de la cosecha terminó. Todos los sembrados de los no creyentes murieron, como era de esperar; pero todos los sembrados de los creyentes produjeron otra cosecha, luego otra, y otra. Los sembrados de los creyentes produjeron cosechas durante todo el año.

Quizá usted diga: «Hermano Copeland, Dios hizo ahí mucho más que prosperar sus almas; Él hizo algunos milagros». Sí, así fue, pero ¿qué valor hubieran tenido esos milagros si Él no hubiera prosperado primero el alma del pastor? ¿De qué habría valido la lluvia si el pastor no hubiera obedecido a Dios y no hubiera reconstruido el dique antes de que lloviera? ¿De qué hubiera valido que Dios bendijera la tierra si ese pastor no hubiera seguido las instrucciones del Señor de sembrar ahí?
Esos milagros no habrían ayudado en nada a esas personas si Dios no hubiera prosperado primero sus almas. Él pudo revelarles los secretos del éxito para su situación en particular porque ellos creyeron en la Palabra de Dios y estuvieron dispuestos a escuchar su voz.

Deuteronomio 29:29 dice lo siguiente: «Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley». ¡Las cosas secretas! ¿Cuántas veces se ha quebrado la cabeza tratando de resolver un problema? Usted sabía que había una respuesta pero no se imaginaba cuál era. En otras palabras, la respuesta era un secreto, un secreto que solo Dios conocía y que no le competía a usted.

Pero si usted hubiera ido a la Palabra y de veras la hubiera escudriñado en oración y en meditación, hubiera recibido revelación en cuanto a ese secreto. Dios le habría mostrado cual era la solución precisa para ese problema.

Esa es la razón por la cual Dios le ha dado el Espíritu Santo. ¿Tiene usted alguna idea de cuán increíble recurso es Él? La mayoría de los creyentes no tienen idea de eso; van a la iglesia y dicen: «Oh sí, amén hermano, gracias a Dios por el Espíritu Santo, alabado sea Dios, aleluya». Luego se van a sus hogares y se olvidan del Espíritu Santo. No es que ellos no sean sinceros los domingos, sí lo son, de veras aprecian lo poquito que entienden acerca del Espíritu Santo.

Pero no han aprendido a aprovechar la sabiduría y el poder ilimitados que Él pone a disposición de ellos en sus vidas diarias. Jesús dijo: «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir» (Juan 16:13).

Si usted es empresario, ese versículo significa que el Espíritu Santo le mostrará cómo aumentar sus ganancias y reducir sus gastos. Si usted es madre, ese versículo significa que el Espíritu Santo le mostrará cómo manejar las discusiones entre sus hijos. Si usted es estudiante, ese versículo significa que el Espíritu Santo le mostrará cómo sobresalir en sus estudios.

Como ejemplo de esto, quiero contarle algo que pasó durante la Segunda Guerra Mundial. La armada de los Estados Unidos estaba enfrentando algunos problemas serios. Sus barcos estaban siendo hundidos por el enemigo más rápido que lo que ellos podían construir unos nuevos, lo cual se llevaba, en ese entonces, todo un año. Por fin, los de la marina idearon un método que hizo posible construir un barco en un día. Pero había un obstáculo, tenían que construir el barco poniendo la parte de arriba abajo, pero cuando se volcaban los barcos al derecho, las soldaduras se rompían y la nave se partía.

Se llevó el problema a un hombre muy espiritual quien era un empresario famoso de esa época. «Encontraré la forma de hacerlo» dijo él. Después de días de oración y ayuno, Dios le mostró la fórmula de la soldadura que mantendría el barco sin partirse. ¡Una idea! Bastó solo una idea para hacer posible la construcción de un barco en un día en lugar de un año. ¿Puede ahora empezar a ver cómo Dios podría prosperarlo?
Hay muchísima gente por ahí retorciéndose las manos y preocupada: «Dios nunca me podrá prosperar —dicen—. Gano un sueldo muy bajo, y la compañía en la que trabajo está perdiendo dinero, así que sé que no me van a dar un aumento, ¿Cómo es que Dios me va a prosperar?» Tal vez Él le de una idea que haga que las pérdidas de la compañía se vuelvan en ganancias. Quizá Él le dé una idea de un producto nuevo y usted podrá fundar su propia compañía. Es posible que Dios le haya dado idea tras idea que podrían hacerlo rico si usted tuviera suficiente discernimiento espiritual para asimilarlas.

Sin embargo, usted ni siquiera sabía que existían esas ideas porque no ha prestado atención a las cosas de Dios. No ha estado buscando las revelaciones de las «cosas secretas». Posiblemente usted ha estado muy ocupado viendo la televisión y prestando atención a los anuncios sobre cuál pasta dental debería comprar o a los comentarios sobre la economía.

Óigame bien, el Espíritu Santo no podrá hacerle entender nada mientras usted esté tendido viendo la televisión. Él es un caballero, no va quitarle el control remoto de su mano y decirle: «Óyeme, terco. Tengo algunas cosas importantes que decirte». No, Él va a estar callado, esperando hasta que usted apague toda esa basura que está ocupando su mente y se concentre en Él.
Justo aquí es donde la mayoría de los creyentes se equivocan. Están tan ocupados con cosas de la vida, incluso tan ocupados en las actividades de la iglesia y de las organizaciones religiosas que no tienen tiempo para el Señor; nunca se toman el tiempo para estar en comunión con Él.

Hay creyentes a los cuales Dios ha querido poner en altos puestos políticos. Él les habría mostrado como resolver algunos de los problemas de sus naciones, pero Él no ha podido lograr que ellos le presten atención. Entonces Dios los deja donde están, que sigan dando vueltas en un trabajo sin futuro. Hay otros a los cuales Dios hubiera ascendido hasta llegar a ser gerentes de grandes corporaciones, pero ellos estuvieron tan ocupados en sus propias e insignificantes metas que no se molestaron en averiguar cuáles eran las metas de Él.

No desaproveche los planes de prosperidad que Dios tiene para usted. Pase tiempo con Él, préstele atención y aprenda a reconocer su voz. No bastará con unos cuantos versículos bíblicos y con unos cinco minutos de oración para tener acceso a las revelaciones que el Espíritu Santo tiene para usted; es necesario que tome esto muy en serio.

Si usted cree que no tiene tiempo para hacerlo, piénselo otra vez. ¿Cuántas horas al día pasa en frente del televisor? ¿Cuántas horas a la semana pasa leyendo los periódicos? ¿Cuántas horas pasa leyendo novelas y viendo revistas? ¿Cuánto tiempo pasa pensando en sus problemas?
Reemplace esas cosas por la Palabra de Dios; use ese tiempo para meditar en las Escrituras. Ore y diga: «Espíritu Santo, necesito saber qué hacer en relación a esta situación en la que estoy involucrado». Luego, ponga atención, Él comenzará a darle la sabiduría de Dios con respecto a sus finanzas (o cualquier otro aspecto de su vida). ¿De veras lo hará? ¡Sin duda alguna!

Santiago 1:5-6 dice: «Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra».

No obstante, permítame advertirle una vez más. No se trata de leer unos cuantos versículos cada día y esperar ser prosperado. Sino que estamos hablando de escudriñar la Palabra y meterse en ella hasta que el Espíritu Santo empiece a hablarle y hasta que usted desarrolle una fe inconmovible. Eso no es algo que sucede de la noche a la mañana. Como agricultor espiritual, usted debe sembrar, deshierbar y regar la Palabra en su corazón. Va a tomar tiempo y esfuerzo, pero créame, la cosecha bien valdrá la pena.

¡GLORIA A DIOS!
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