martes, 25 de mayo de 2010

Madres solteras por vocación


Las españolas sin pareja realizan ya más del 10% de las adopciones que se tramitan en el país, según un estudio del Instituto de la Mujer

CÉSAR COCA

Son el último ejemplo de los cambios profundos que afectan a la familia en todo Occidente: al menos una de cada diez adopciones realizadas en España corresponde ya a una mujer sin pareja. Es decir, una maternidad vivida de forma voluntaria en solitario con todas las consecuencias que ello supone.

El colectivo de madres solas -cuyo nivel académico y profesional es claramente superior a la media- aumenta también gracias a las que se someten a tratamientos de reproducción asistida. Pero no existen datos fiables respecto de cuántas son estas últimas. En cualquier caso, muchas menos que las que deciden adoptar, según un estudio dirigido por María del Mar González Rodríguez, de la Universidad de Sevilla, para el Instituto de la Mujer.

El crecimiento del número de mujeres solas que adoptan es paralelo a la evolución de las madres biológicas solteras. Hoy, en España, los niños inscritos en el registro civil como hijos de madre soltera (lo que no equivale ni mucho menos a que no tenga pareja estable) alcanzan ya el 27% del total.

El estudio del Instituto de la Mujer profundiza en un modelo de maternidad que hasta hace bien poco era marginal en cuanto a las cifras. Hoy ya no es así: aunque las últimas ofrecidas en el trabajo son de 2004, se observa una evolución al alza, aunque no regular, que responde básicamente a este patrón: el porcentaje de mujeres solas que adoptan niños crece aproximadamente un punto por año. El dato se ve confirmado con cifras más recientes correspondientes a algunas autonomías, lo que descarta también que esa proporción del 10% estuviera inflada por el hecho de que en casos de parejas homosexuales las adopciones se hicieran sólo a nombre de una de ellas.

¿Cómo son esas madres que deciden afrontar en soledad el cuidado de un niño? Una respuesta general para el caso de las adoptivas: mayores, con buen empleo en cuanto a salario y condiciones de trabajo, una formación académica elevada y solteras y normalmente propietarias de una vivienda. Hay muchos menos datos para las que recurren a la reproducción asistida, pero tienen menos estudios y ganan un salario inferior. También son algo más jóvenes que las adoptivas.

Éstas tienen por lo general más de 40 años cuando realizan la solicitud; casi una cuarta parte supera incluso los 45. Algo que se explica en la mayor parte de los casos porque se trata de mujeres que no han encontrado antes el momento ni la persona para tener un hijo biológico. Entonces sienten que, por un lado, se aproximan a la edad límite para cuidar de un niño y, por otro, si dejan pasar más años pueden encontrar dificultades legales para el trámite.

Que una mujer esté sola pasados los 40 no significa que no haya tenido experiencia de vida en pareja, pero lo cierto es que el 85,5% de las adoptantes no ha contraído matrimonio y cuatro de cada cinco no comparten su vivienda con nadie (la quinta vive con algún familiar, en general padre o madre). Esta circunstancia, apuntan las autoras del informe, es también relevante.

Tanto en el estudio de los rasgos de las mujeres afectadas como en las entrevistas que mantuvieron con un grupo numeroso de ellas, descubrieron que quieren un hijo pero en cambio no consideran una prioridad encontrar pareja. No es algo que descarten, pero se consideran perfectamente capacitadas para asumir el papel de madre y el de padre.

Incluso reivindican un cambio social que convierta en normal la existencia de una familia compuesta sólo por una madre (o un padre) y sus hijos, y que sea una situación voluntaria y no sobrevenida por una ruptura de pareja o un fallecimiento.

Preferencias

Probablemente, tras esa propia vivencia de la soledad está la causa última de que sus preferencias a la hora de adoptar se inclinen por las niñas de forma abrumadora. Además, niñas de corta edad. Aunque no siempre las peticiones concretas son atendidas, la mitad de las madres solas adoptantes piden que tengan menos de tres años.

La elección mayoritaria de niñas responde al convencimiento de que cuando sean mayores resultará más sencillo mantener una comunicación fluida con ellas y también tendrán una mayor facilidad para su educación, ante la carencia de la figura paterna. Un aspecto relevante es que la inmensa mayoría no tienen otros hijos anteriores. Y cuando los hay, suelen ser también adoptados. Es lo que ocurre en diez de cada cien casos. En cambio, únicamente tres de cada cien madres adoptantes solas tienen uno o más hijos biológicos.

La inexistencia de otra persona en su vida afectiva las obliga también, en muchos casos, a contratar ayuda para el cuidado de sus hijos. Algo que les resulta posible porque su salario es superior a la media -su nivel de estudios también lo es, con siete de cada diez con formación universitaria- y que deben hacer pese a que tres de cada cuatro trabajan a jornada continua.

Las condiciones laborales aportan también explicaciones sobre el crecimiento del número de adopciones: como comentan muchas de ellas en las entrevistas mantenidas con las autoras del informe, se decidieron a convertirse en madres adoptivas porque sus ingresos y su situación personal se lo permitían y porque su jornada laboral les daba la oportunidad de pasar las tardes con sus niños.

De ahí que en su gran mayoría trabajen en la educación, la sanidad o la Administración. Es cierto que la mayor parte del empleo en esos sectores está cubierto por mujeres, pero no con la abrumadora presencia que se da en el perfil de las adoptantes solas.

Hay un último rasgo que diferencia a estas madres de las que encabezan la mayoría de los hogares monoparentales: no responden al patrón de la feminización de la pobreza del que hablan los estudiosos de la familia. La gran mayoría de los hogares encabezados por una mujer con uno o más hijos a su cargo tienen su origen en una ruptura matrimonial. Algo que, salvo excepciones contadas, reduce siempre la renta de la mujer. Nada de eso se da en este caso. Cuando deciden adoptar -sobre todo, en China, Rusia, países del Este y a mucha distancia Latinoamérica- lo hacen porque disponen de un patrimonio y un salario que les dan la seguridad de que podrán afrontar los inevitables nuevos gastos sin ningún problema.

Otra cosa es lo que sucede con la mirada que la sociedad pone sobre ellas, y que aún se mueve entre el reconocimiento de su valentía y la compasión por no disponer de un hombre a su lado. La mentalidad es siempre lo último que cambia en una sociedad.

Fuente:La verdad.es
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