lunes, 1 de febrero de 2010

¿Cuándo empieza la vida humana según la ciencia?


¿Qué conclusiones se pueden sacar de la embriología y la genética? ¿Es posible afirmar que en las pocas células en división que constituyen el cigoto existe ya humanidad o se trata sólo de una agrupación celular más, como la usada en los cultivos para análisis clínicos o biopsias? La biología del desarrollo embrionario acepta hoy que la vida del nuevo ser empieza con la fusión del espermatozoide y el óvulo. A partir de la unión de dos células completamente distintas, con sus respectivas y diferentes dotaciones cromosómicas, surge una realidad nueva y autónoma.

En efecto, la célula huevo o cigoto posee autonomía desde el punto de vista genético puesto que, aunque dependa del útero materno para su nutrición y excreción, su desarrollo estará guiado por la información que contienen los propios genes.
Otra cuestión es determinar cuando esta vida empieza, en realidad, a ser humana. En relación a este asunto la verdad es que hasta ahora tampoco ha habido, entre los diferentes científicos, una respuesta unánime. Las diversas opiniones de los especialistas oscilan entre aquellas que afirman que a partir de la fecundación ya hay vida humana, hasta las que la condicionan a la anidación del cigoto en el útero o la aparición de determinados órganos y actividades fisiológicas como, por ejemplo, el funcionamiento del cerebro que se puede detectar mediante un electroencefalograma (EEG) o la aparición del sistema inmunitario. Sin embargo, no parece que ninguna de estas opiniones venga impuesta por los datos científicos

Por lo que se refiere a esta última, que valora sobre todo la presencia o ausencia de actividad cerebral y llega a la conclusión de que sólo a partir de los 45 días tras la fecundación se puede considerar que hay vida humana, la verdad es que su argumento no resulta del todo convincente. Los EEG planos que se comparan no son equiparables. Una cosa es el cerebro del embrión que no ha empezado a funcionar porque todavía no resulta necesario para su desarrollo y otra, muy distinta, el de un adulto que ya ha dejado de hacerlo por haber entrado en una fase irreversible. Este no nos parece un criterio válido para determinar cuándo empieza la vida humana.

El desarrollo del embrión en el claustro materno es un proceso continuo y progresivo que va generando estructuras nuevas que antes no existían. No se dan saltos bruscos ni hay discontinuidades.

Sin embargo para realizar un análisis biológico, de manera teórica y convencional se han distinguido tres fases: 1ª) la que va desde los gametos hasta la formación del cigoto; 2ª) de la aparición del cigoto hasta su anidación y 3ª) la que empieza en la anidación y culmina con la formación del feto. Aunque la transformación que se produce en la primera fase suponga un cambio radical, pues se pasa de dos entes distintos, espermatozoide y óvulo, a otro nuevo y diferente, el cigoto, la verdad es que la fecundación es un proceso largo, complejo y continuo que se inicia cuando la cabeza del primer espermatozoide que llega se introduce en el citoplasma del ovocito. La actividad genética después de la fecundación es inmediata y en ella participan genes de ambos gametos (espermatozoide y ovocito), y no sólo del ovocito como hasta hace poco se creía.

La segunda fase, en la que se produce la implantación alrededor de los catorce días después de la fecundación, tradicionalmente se le ha dado mucha importancia puesto que se consideraba que a partir este momento el embrión era ya un individuo único e indivisible. Hasta el acontecimiento de la anidación el embrión puede sufrir ciertas transformaciones capaces de convertirlo en dos o más individuos distintos, los denominados gemelos monocigóticos o en una quimera humana formada por la fusión de dos embriones diferentes. Tanta importancia se le ha dado al hecho de la implantación que ciertas organizaciones científicas, como la Sociedad Alemana de Ginecología, estimaron que el embarazo empezaba realmente con el final de la anidación y no con la fecundación. Por este motivo muchos ginecólogos consideran que hasta que el embrión no está bien implantado en la pared uterina no es posible certificar de manera adecuada el embarazo.

En relación con esta segunda fase embrionaria existen dos conceptos importantes propios de la persona humana que conviene señalar aquí. Se trata de los términos: unidad y unicidad. El primero se refiere a la propiedad del que no puede dividirse sin que se destruya o altere su misma esencia. El embrión posee unidad mientras no se divida en dos o más entidades y siga siendo un solo individuo. La unicidad, sin embargo, se refiere al carácter del que es único. Las personas serian, por lo tanto, realidades únicas puesto que no pueden existir dos que sean completamente iguales en todo el mundo. Cada individuo humano posee rasgos genéticos y fenotípicos propios que lo hacen diferente a cualquier otro habitante de este planeta, por mucho que en ocasiones puedan existir parecidos. Pues bien, según algunos autores, al embrión que todavía no se ha implantado le faltarían ambas propiedades, ni la unidad, ni la unicidad estarían garantizadas antes de su anidación en el endometrio uterino de la madre (1).

QUIMERAS Y GEMELOS HUMANOS
En efecto, por lo que respecta a la unidad del individuo se han mencionado ya las quimeras humanas. Se las conoce con este nombre en memoria de un monstruo mítico que tenía cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de serpiente. En realidad, la ciencia da hoy este nombre a los organismos, los tejidos de los cuales son de dos o más tipo genéticamente diferentes. Esto ocurre a veces de manera natural en esta segunda etapa antes de la implantación, el embrión puede formarse a partir de dos cigotos distintos, en lugar de uno sólo que sería el normal, dando lugar a las quimeras cigóticas. Si se fusionan dos embriones distintos para originar un sólo individuo, entonces se habla de quimeras postcigóticas. Con embriones de ratón se han realizado numerosos experimentos en este sentido, consistentes en combinar dos embriones de ocho células cada uno para formar una única mórula gigante que, tras ser introducida en el útero de una madre adoptiva, produce un ratón de tamaño normal pero con las características de sus cuatro progenitores. En los seres humanos han sido descritos también muchos casos de quimerismo espontáneo que generalmente suelen pasar desapercibidos, salvo que se realice un estudio cromosómico. Esto demostraría, según estos autores, que la unidad del nuevo individuo no suele estar fijada durante las etapas anteriores a la anidación del embrión.

La propiedad humana de la unicidad, o calidad de ser único, quedaría asimismo cuestionada en el embrión que todavía no se ha implantado por la posible formación de gemelos monocigóticos. Aproximadamente dos de cada mil nacimientos corresponden a este tipo de gemelos idénticos formatos a partir de un mismo embrión. También este fenómeno se ha ensayado experimentalmente con ratones y conejos, tomando un embrión en la fase de dos células y pinchando con una aguja una de ellas para destruirla, se ha demostrado que al implantar la otra en una hembra adoptiva, el resultado ha sido un ratón normal en una importante proporción de los casos. ¿Qué vienen a confirmar tales experimentos? Pues que las células de los embriones de mamífero -incluidas desde luego las humanas hasta la fase de 8 o 16 células- poseen capacidades ilimitadas, son totipotenciales, es decir, una sola célula puede generar a todo el individuo. Esta singular facultad desaparece poco después al multiplicarse el número de células embrionarias. De manera que, según esta opinión, la individualidad del nuevo ser sería también una característica que sólo se podría asegurar tras la anidación.

Si a todo esto se añade que el número de abortos naturales ocurridos antes de esta implantación embrional es entre el 60% y el 80% del total de los abortos espontáneos (2), resulta que la situación del embrión sería sumamente precaria durante, aproximadamente, las dos primeras semanas del embarazo. Según autores como Lacadena, Gracia, Lain Entralgo y otros, los datos embriológicos apoyarían la idea de que el embrión empieza a ser verdaderamente humano desde el momento en que adquiere su individualidad genética total y esto ocurriría con la anidación, tras las dos primeras semanas.

¿Qué podemos decir acerca de estas ideas, que ya tienen más de dos décadas, ante los últimos descubrimientos de las ciencias biológicas? Los avances de la genética molecular han aportado suficiente evidencia científica como para poder afirmar que la vida humana está presente ya en el embrión de tan sólo una célula, el cigoto. En efecto, trabajos, como los de los doctores Richard Gardner (3), embriólogo de la Universidad de Oxford (GB), Magdalena Zernicka-Goetz (4), del laboratorio del Wellcome/Cancer Research en Cambridge (GB) y Steven Krawetz (5), de la Facultad de Medicina de la Universidad del Estado de Wayne (EEUU), demuestran la importancia decisiva que tiene la fecundación para determinar el plan general del desarrollo del individuo, así como toda la memoria genética de la vida humana en base a la combinación de los genes de ambos progenitores. La identidad genética del cigoto es propia desde el momento de la fecundación y esto significa que el desarrollo de un ser humano tiene un principio, la concepción, y un final, que es la muerte del individuo.

Pese a estas últimas evidencias que señalan hacia la fecundación como principio absoluto de la vida humana, existen todavía opiniones contrarias que contemplan las diferentes etapas embrionarias como si fueran fases con diferentes grados de humanidad. En opinión de algunos, el cigoto no sería tan humano como la mórula puesto que está formato por menos células; la mórula no poseería el grado de humanidad de la blástula o la gástrula por la misma razón; el mal llamado preembrión (en realidad este término es el gran engaño de la embriología humana) tendría menos humanidad que el embrión ya anidado en el útero, y así sucesivamente.
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