sábado, 19 de diciembre de 2009

Reducir mucho y ya: ¡esa es la cuestión!

JOSÉ M. MORENO, Catedrático de Ecología y vicepresidente del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático

Hace ahora dos años, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC de sus siglas en inglés) concluyó que el calentamiento del sistema climático es inequívoco y que muy probablemente es la actividad del hombre quien lo causa. Para muchos, la noticia fue apenas un titular de los tantos que genera la prensa diaria, una rareza de ésas a las que los científicos son tan dados. No obstante, hay que recordar que aquél era un mensaje ratificado literalmente por todos los gobiernos representados en la ONU. Sorprende que, aún hoy, sea frecuente ver que profesionales de la comunicación de la mayor solvencia duden de aquel mensaje, y sigan tratando este asunto de manera ecléctica, como si hubiese dos bandos igualmente creíbles. Otros utilizan medios no legales para sacar a la luz la correspondencia privada de algunos científicos y encontrar en ella la prueba última del complot de unos pocos.

Pues bien, yerran quienes cuestionan la robustez de la ciencia acerca del cambio climático. Yerran también quienes quieren ver oscuras manipulaciones de unos pocos científicos. Afortunadamente, la aventura de la ciencia es ácrata. Se conduce por la real gana de los científicos de mirar aquí y allá, llevados por su curiosidad de conocer, sin doblegarse a autoridad alguna que no emane del saber mismo. Nada más preciado para un científico que despertarse un día y saber que alguien ha publicado algo que es erróneo o se basa en datos manipulados. Tanto más si lo publicado ha visto la luz a través de las revistas más prestigiosas.

Las redacciones de las revistas científicas se llenarían de artículos rebatiendo las tesis sustentadas por datos fraudulentos o erróneos, para mayor gloria de quien los rebata. Nada de eso ocurre. Y no ocurre porque la ciencia que respalda el conocimiento que tenemos del cambio climático y sus impactos es sólida, y lo viene siendo desde sus inicios.

Las maniobras de distracción no tendrían mayor importancia si no fuera porque las consecuencias son graves y el tiempo apremia. Es muy probable que el calentamiento sufrido haya hecho que muchos ciudadanos del mundo lo estén pasado mal, y que vayan a seguir pasándolo incluso peor. Veamos algún ejemplo que justifique lo que digo. Durante las últimas décadas, en muchas zonas del mundo la productividad agrícola no ha aumentado conforme debería haberlo hecho debido al calentamiento del clima. Eso, en los sitios donde la malnutrición y el hambre no son noticia, es probable que haya supuesto lo peor para algunos, aunque nadie haya podido certificar causa y efecto. Más aún, en muchas de estas zonas del mundo se espera que, de seguir así, a mediados de este siglo la temperatura media de la estación de crecimiento de las cosechas será superior a la temperatura máxima más extrema observada durante el último siglo. ¿Se imaginan lo que tal cambio térmico supondrá para la maduración del grano y el rendimiento final de las cosechas? Pues háganlo y pónganle caras, de hambre, a los muchos granos que no se cosecharán.

La lista de efectos observados y proyecciones futuras negativas es demasiado larga como para no tomársela en serio, y está a disposición de todos en el Cuarto Informe del IPCC.

Información sustentada por la ciencia de miles de científicos de todo el mundo, puesta a disposición de los gobiernos por el IPCC es la única que nos ha traído a Copenhague, no ningún complot de nadie. Estamos en Copenhague porque sabemos que, de seguir así, nos arriesgamos a que el objetivo de «evitar interferir peligrosamente sobre el clima» deje de estar a nuestro alcance. La cita de estos días tiene un objetivo último: acordar un marco de reducción de emisiones que evite que el clima cambie más allá de lo que se ha dado en aceptar como nivel tolerable, y que sus peores e irreversibles efectos tomen carta de naturaleza. Lo que hay en juego es de tal magnitud que de Copenhague no se puede salir sin un acuerdo.

¿Cuánto hay que reducir y qué plazo tenemos para hacerlo para no incurrir en riesgos indeseables? La respuesta es simple: hay que reducir mucho y no tenemos tiempo para empezar a hacerlo. Con un aumento de la temperatura terrestre de 0,7ºC, y calor almacenado en los océanos y gases en la atmósfera para seguir calentándonos otros 0,6ºC, la cifra de los 2ºC de calentamiento que algunos países, incluida la UE, se han puesto como meta a no rebasar está a la vuelta de la esquina. Nótese que el objetivo no es dejar al planeta como estaba, sino permitir que se caliente 2ºC, una cifra nada despreciable en comparación con los 15ºC de temperatura media del planeta. Recordemos que la concentración de CO2 en la atmósfera en el último medio millón de años fluctuó entre las 200 y 300 ppmv (partes por millón en volumen). Antes de la revolución industrial era de 280 ppmv. En 1990 ya había 353 ppmv, hoy supera las 385 ppm y continúa subiendo a un ritmo de casi 2 ppm/año.

El IPCC ha calculado que para tener un 50-50 de probabilidades de detener el calentamiento del clima en unos 2ºC, se requiere estabilizar la concentración de CO2 en unas 400 ppm. Para lograr este objetivo el pico máximo de emisiones debería alcanzarse entre 2015-2020, año último para el cual éstas deberían estar ya en una senda de claro descenso. Para 2050 la reducción tendría que alcanzar entre un 50% a un 85% con respecto al año 1990. Puesto que lo que cuenta es el valor acumulado de las emisiones, existen diferentes trayectorias posibles, aunque el margen de acción es limitado. Una trayectoria responsable sería aquélla que incurra en los menores costes y riesgos. Dado que el coste será tanto mayor cuanto más alto sea el nivel de reducción anual que haya que hacer, hay un límite entre lo que es deseable y lo realizable. Iniciar tempranamente la senda de la reducción permitirá tener que hacerlo a tasas menores, por tanto con menor coste. Por el contrario, retrasar el inicio requerirá que luego haya que hacerlo a tasas mayores, con costes más altos y mayores riesgos, incluido el de fracasar por ponernos exigencias que luego no podemos cumplir.

No queda más remedio que reducir ya, encarar 2020 con niveles inferiores a lo que ahora se emite y continuar reduciendo de forma constante hasta 2050. En este nuevo acuerdo todos los países deben implicarse, aunque diferenciadamente, porque la responsabilidad no es la misma para todos. En contraste con lo ocurrido con el Protocolo de Kioto, ningún país puede quedar exento de contribuir a esta empresa, bien porque reduce sus emisiones, bien porque no las incrementa en el futuro de la manera en que venía haciéndolo y las mantiene por debajo de ciertos límites. Esto tendrá costes, sin duda, pero no son tan grandes, pues apenas alcanzan unas décimas de PIB anual. Por otro lado, tendrá beneficios: los de los daños que se eviten por las inclemencias de un clima calentado en exceso así como los derivados de pasar a una economía descarbonizada, que permita un tipo de desarrollo más amistoso con nuestro planeta.
fUENTE:ABC.es
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