sábado, 21 de noviembre de 2009

Religión y política


La cuestión que aflora en todas las intervenciones de los congresos «Católicos y Vida Pública» es tan simple como ésta: La política y la religión, ¿son dos realidades diferenciadas y, a veces, incluso incompatibles? Un creyente, ¿puede separar sus convicciones de la política? La Ley positiva, cuya máxima expresión sería la Constitución, ¿está por encima de las creencias religiosas y a ella debe supeditarse incluso la fe?

Mateo Leví -el apóstol San Mateo- cuenta que en cierta ocasión le preguntaron al Maestro si era lícito pagar tributo al César. Entonces, Jesucristo pidió que le mostrasen una moneda y respondió, resumiendo la Ley antigua, con estas sabias palabras: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». He aquí una lección perfecta sobre las relaciones entre política y religión: Dios es la ley última, la de los diez mandamientos, la que está por encima de todo y de todos, lo inmutable e imperecedero, la ley mosaica que el cristianismo, junto con las bienaventuranzas, ofrece a toda la humanidad. La vida y la muerte, la familia, la dignidad de la persona humana, el respeto mutuo... y así hasta completar el decálogo, están por encima de las leyes humanas. A partir de ahí, cualquier ley, en sentido político, es aceptable y cuestionable.

Algo tan sencillo, y a la vez tan complejo, es lo que estamos discutiendo, una año más, en este Congreso. El cardenal alemán Paul J. Cordes ofreció una lección de teología política: «El sentido de la política es establecer la paz y preservarla. Porque sólo en la paz la vida humana puede encontrar el más alto cumplimiento, la felicidad, que es según el filósofo creyente Santo Tomás, la contemplación de la verdad». Y el cardenal Rouco Varela planteó la incuestionable naturaleza pre política de determinados derechos fundamentales. La religión y la política no son, pues, realidades contrapuestas sino complementarias.
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