viernes, 19 de junio de 2009

PODER INDISPENSABLE


Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra (Hechos 1:8)

Sostenidos por la fe, estimulados por el ideal de Cristo e impulsados por una absorbente pasión por los perdidos, debemos proclamar el mensaje de salvación a los que viven sin esperanza en el mundo. Pero, ¿de dónde viene el poder necesario para el cumplimiento de esta solemne misión?

Algunos confían en el poder que resulta de una eventual posición jerárquica. Pero, ¡cuán débil es el poder que proviene de un cargo! ¡Qué frágil es la fuerza que procede de una responsabilidad jerárquica! Debemos entender que el poder para terminar la obra no está en la Asociación General, ni en la Junta Directiva de las divisiones.

Tampoco lo encontramos en las oficinas de las uniones, ni en las sedes de los campos locales. No viene del norte, ni viene del sur; proviene de lo alto.

Otros centran su confianza en nuestra singular estructura eclesiástica. Se enorgullece de nuestro sistema de organización. Pero esta maravillosa organización bien puede convertirse en un obstáculo limitado los triunfos de la predicación.

Corremos el peligro de dejarnos envolver por una ruidosa maquinaria, carente del aceite divino. Si el mundo debe ser conquistado para Cristo, no lo será mediante el desarrollo de superestructuras eclesiásticas. El problema que aflige a muchas iglesias es que están demasiado ocupadas en organizar, en lugar de agonizar por los seres humanos.

Otros confían en el poder del dinero para el cumplimiento de la gran misión. Pero lo más importante es el poder de lo alto.

Necesitamos la energía divina que capacitó a los apóstoles para conquistar al mundo mediterráneo en el primer siglo de nuestra era. La experiencia de los apóstoles en los días de Pentecostés fue el cumplimiento de la promesa: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo”. El señor está dispuesto a concedernos hoy este mismo poder. “Si todos lo quisieran, todos serian llenos del Espíritu… el Señor está más dispuesto a dar el Espíritu Santo a los que le sirven, que los padres a dar buenas dádivas a sus hijos “.

Que Dios nos conceda su poder, habilitándonos para escribir sin dilaciones el último capítulo de la historia de la iglesia en el mundo.
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