viernes, 29 de mayo de 2009

Especialistas aseguran que los flojos también pueden (muchas veces)


Nadie daba un peso por Nicolás (32). De hecho, el resultado de su Prueba de Aptitud Académica fue el epílogo de una nutrida historia de fracasos escolares. Pero bueno, que terminara el colegio ya era un logro. ¿Y la universidad? Para qué esperar milagros. Por eso, cuando en medio de un almuerzo familiar le dijo a su padre que sólo faltaba su firma para matricularse en ingeniería comercial, todos lo tomaron como una broma. Varios años después, el mismo que mataba las horas de clases haciendo avioncitos de papel, es gerente de una de las principales cadenas de supermercados.

Nicolás, ya quedó claro, fue parte del grupo de alumnos que no pasan del 5,5 en pruebas y promedios; que "calientan" las materias a última hora, juegan a las estadísticas con las notas para no repetir de curso y de los que se piensa que con dificultad -si es que llegan a entrar- podrán sacar adelante una carrera. Los mismos que a pesar de no tener problemas de aprendizaje obtienen, persistentemente, bajos resultados académicos y saben desde temprano de qué se trata el fracaso.

Porque el éxito en las diferentes etapas se mide en función de los logros en las actividades realizadas, y en el caso de los escolares, en las notas del colegio, algo que claramente no es el fuerte de los flojos. Así, al poco andar, este grupo arrastra un estigma que hace alusión a su historial de derrotas académicas, y que lleva implícito las bajas expectativas que de ellos tienen los padres, profesores y sus propios amigos.

Pero aunque todo parece perdido y los educadores coinciden en que el grueso de los alumnos "del montón" difícilmente lograrán ser exitosos profesionales, las investigaciones han logrado identificar a un tipo de personalidad que logra arrancar de esta norma y que se despega del 15% de alumnos de bajo rendimiento. Ellos son los que si bien en su estapa estudiantil parecieran destinados sólo a engrosar las filas de los desahuciados por el sistema escolar y universitario, podrán sin problemas revertir los malos pronósticos e insertarse de manera exitosa en el ambiente laboral. De hecho, es ahí donde aprovechan mejor las habilidades que el sistema académico no mide y que ellos, precisamente a punta de fracasos, desarrollaron.

Un buen ejemplo de esto es el conocido caso de Albert Einstein, que pasó, sin que nadie se diera cuenta, de mal alumno a la teoría de la relatividad. Casos similares son los de los escritores Stephen King o J.K. Rowling. Y el autor de populares guías para el éxito, el canadiense Richard St. John dice que de los 500 personajes exitosos que entrevistó para su libro Stupid, ugly, unlucky and RICH, ninguno mencionó los logros académicos como una causa de su éxito.

RESISTENCIA AL FRACASO
Una de las características de ese grupo que es capaz de dar vuelta la situación a su favor, es que si bien están entre los peores del curso y sus notas terminan siendo una mezcla de rojos y azules, habitualmente se salvan de repetir curso. Y en esa carrera por pasar de nivel con todos los pronósticos académicos en contra, hay un rasgo clave en ellos, son personas que son capaces de resistir y sobreponerse al fracaso, incluso más que aquellos que siempre han vivido de éxitos. Algo que también se explica desde el punto de vista de la neurociencia.

"El cerebro se alimenta de errores", dicen los científicos, "cada vez que se fracasa, las conexiones neuronales se encargan de incorporar la experiencia", y eso es vital para poder dimensionar las derrotas y, más tarde, poder evitarlas. "Los que no han fracasado suelen tener una mirada irreal y expectativas demasiado altas con respecto a lo que realmente son", ha dicho el investigador de la Universidad de Virginia, Estados Unidos, Jonathan Haidt.

Y Glend Elder, sociólogo de la Universidad de Carolina del Norte, Estados Unidos, quien estudia a las generaciones aquejadas por las crisis económicas, ha concluido en sus investigaciones que la etapa de la vida en la que el fracaso se vuelve más valioso es entre la adolescencia y los tempranos 30.

Otro aspecto que con el tiempo se transforma en una capacidad positiva para entrar a la vida adulta, es la habilidad que muestran frente a los problemas, de gestionar los escasos recursos que tienen y hacer todo lo posible por responder. "Eso tiene el valor de poder mirar y enfrentar las adversidades de la vida con la misma actitud de acomodo y las ganas de salir adelante", apunta Céspedes.

Y queda más. La habitual crítica que reciben los flojos es que "calientan" las materias a último minuto, y no realizan un trabajo sistemático de estudio. De acuerdo con Céspedes, aunque eso habla de una tendencia a la improvisación, también ejercita "la habilidad de trabajar bajo presión. Ese es un rasgo relacionado con la audacia, la originalidad y una gran confianza es sí mismo".

PLACERES INMEDIATOS
Si hay algo que une a muchos estudios sobre el tema, es que las capacidades de estos alumnos no se ajustan a lo que mide la educación formal. Y que sus fortalezas suelen estar más asociadas a las habilidades emocionales y sociales.

Pero hay un momento en que todos los carriles confluyen, y el que antes era parte de los que se sentaban al fondo de la sala, ahora es parte del grupo de egresados que se instaló con holgura en un trabajo y es reconocido.

¿Qué pasa entremedio? Varias cosas. Una de ellas es, simplemente, la madurez. Por lo general, dicen los especialistas, para ellos los años que separan la etapa de estudiante de la del "mundo real" parece una eternidad, y sienten que la verdadera realidad la enfrentarán "afuera", y antes de eso no hay para qué quemarse las pestañas.

La adolescencia es un etapa en la que se vive el día y hay cierta incapacidad para posponer los placeres inmediatos y dedicarle tiempo al estudio. En el caso de los estudiantes "del montón", dejar de ir a una fiesta o ver un programa de televisión es mucho más difícil aún, porque tienen la idea de que siempre hay tiempo para "arreglar las cosas".

Y hay una tercera respuesta, pero tiene que ver con la individualidad. Los sicólogos que han estudiado este tipo de comportamiento en los estudiantes, han concluido que muchas veces el "click" que hacen los que integran el 15% de los flojos se debe a particularidades que no tienen características que se puedan sistematizar y que, en muchos casos, tienen que ver con la poca claridad del proyecto vital del estudiante, de su entorno o su familia. "Muchas veces se estudia para cumplir con los padres", dice la sicóloga de la Universidad Adolfo Ibáñez, Teresa Quintana.

De todas maneras, hay un mecanismo, según la sicóloga Jessica González, del colegio Paulo de Tarso, que ha resultado ser un buen predictor del futuro: "Es común que los estudiantes poco aplicados se pongan las pilas cuando corren riesgo de repitencia. Si lo logran, quiere decir que (su flojera) es una situación reversible".

CAPACIDAD DE ADAPTACIÓN
Las investigaciones hablan de que es en el mundo del trabajo donde mejor se desempeñan los, a esas alturas, "ex flojos". Porque ahí no sólo sus capacidades son mejor evaluadas, sino que también porque están en el "mundo real", donde su proyecto de vida se puede concretar y no sólo proyectar a través de los estudios.

De acuerdo con el sicólogo Rafael Palma, "hoy en día lo que está pidiendo el mercado laboral es capacidad de adaptación, de pensamiento crítico, de innovación o trabajo en equipo, y esas habilidades son frecuentes entre los que se resisten a ser mateos".

Aunque, advierte Palma, si el joven no es sistemático o no persevera, esas cualidades no le van a servir de nada".

Otro aspecto, según la sicóloga de la Universidad Católica, Isidora Mena, es que es frecuente que personas que durante la etapa de colegio o universidad tienen dificultades en la concentración, den un vuelco al ingresar al mundo del trabajo: "Ante cosas más concretas, se concentran con facilidad, lo que sumado a la pasión que produce el propio trabajo, hace que les vaya fantástico".

¿INTELIGENTES O CONFIADOS?
A través de experimentos entre niños de quinto básico, la sicóloga de la Universidad de Stanford, Carol Dweck, mostró que aquellos que se sentían inteligentes resultaban ser menos esforzados y más conformistas con sus logros. "Muchos estudiantes lo hacen mal en el colegio porque así evitan el esfuerzo y los desafíos", señala Dweck a La Tercera.

En esos mismos términos, la sicóloga de la Universidad del Desarrollo, María Inés Diez, indica que es común que los estudiantes de bajo rendimiento se reconozcan como inteligentes y que, confiados en sus capacidades, opten por no hacer el esfuerzo.

"Es que aprender es un acto de humildad, significa reconocer que hay algo que no sé", apunta Diez.
Fuente: Panorama Diario.
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